Mi tatarabuela nació en 1848. Siempre contaba que aquél había sido un año muy importante, no sólo porque hubiera nacido ella. El día de su muerte, no hace todavía un mes, hasta prácticamente su último aliento, estuvo recordando algunos de los acontecimientos acaecidos en aquellos días y que, según ella, habían marcado el transcurrir de su vida. Víctima del fervor de su madre -mi tatara-tatarabuela- por la patrona del pueblo, debió arrastrar de por vida el nombre de Pantaria, nombre que le imprimió inequívocamente un fuerte carácter. Mi primer recuerdo de ella se remonta a mi infancia, sentado frente a la cadiera jugando con cualquier objeto, alejado del invierno, mientras ella tejía o hilaba o cocinaba o rezaba el rosario.
En
aquellos años era habitual que las mujeres se casaran jóvenes, contra su
voluntad muchas veces, y que su única
ocupación el resto de su vida fuera la de cuidar de su marido y tener muchos
hijos. Naturalmente, este tipo de vida acababa con ellas a temprana edad. Por
eso, no era frecuente que se juntasen bajo el mismo techo hasta cinco
generaciones de una misma familia. Y menos frecuente aún era que esas cinco
generaciones estuvieran representadas por mujeres. No llegué a conocer a mi
padre ni a los maridos de ninguna de mis tres abuelas. Digo mis tres abuelas
porque nunca he sabido distinguir quién era madre de quién. Sólo hace poco más
de un mes me enteré de que aquélla que se estaba muriendo y que siempre
hablaba de las excelencias del año 1848 era la madre de todas. A la fabulosa
edad de 112 años mantenía una lucidez que no poseía ninguna de las otras, ni
mi madre, que siempre tuvo -y tiene- un punto histérico e incontrolable. Mi
tatarabuela Pantaria siempre se remitía en sus juicios y/o recuerdos a acontecimientos,
sucesos, personajes, que tuviesen algo que ver con ese año mágico de su
nacimiento. Aquél fue el año del "regreso del gran Espartero desde el
exilio"; fue el año del final de la segunda guerra Carlista, salvando así
el trono "la gloriosa y admirable Isabel II"; era presidente del
gobierno "uno de los mejores hombres que ha dado España: Narváez";
fue el año del Manifiesto Comunista y del "desgraciado comienzo del
declive de la burguesía en favor del proletariado"; fue también, ante
todo, el año del primer ferrocarril de Barcelona a Mataró, el 24 de octubre.
Pero
debo empezar desde el principio para que entiendas mis motivos. La vida en La
Almunia -localidad a orillas del Jalón cuya patrona es Santa Pantaria, por la
que se le puso el nombre a mi tatarabuela-, ambiente rural y agrícola, no
debía ser fácil, así que la familia se mudó a Cataluña atraída por una boyante
industria textil. No seré yo quien os hable de las miserias de la vida del
inmigrante. Pantaria nunca lo hizo. De sus padres jamás mencionó nada. Sólo
maldecía entre dientes a su madre por haberle cargado con la desgracia de
aquel nombre. Toda su infancia padeció el escarnio general de sus compañeros
de escuela: "panta","panti","tari", fueron algunos
de los ofensivos alias por los que tuvo que responder. "Más de uno perdió
algún diente por pasarse de listo" recordaba sonriente. Creció y comenzó a
atraer la atención de los jóvenes del barrio. Estaba en edad de merecer y los
más osados se atrevían a echarle los tejos. Ninguno consiguió ser digno de su
atención. Ella era muy decente y sus intenciones, serias. Cuando sus padres
comenzaban a temer una solterona con el caracter avinagrado o, lo que era peor,
una vocación monjil, apareció "Pep", un joven bien parecido, de similar
extracción social -menor era imposible y mayor, inaceptable-, trabajador a
destajo en el ferrocarril y metido siempre en revueltas, disturbios y que se
decía comunista. Había participado activamente en los desórdenes del 68 y era
ferviente defensor de la implantación de la República. Estos antecedentes no
molestaron a los padres de Pantaria que, más bien, veían a Pep como un aliado.
De
este modo comenzó una larga tradición familiar de ferroviarios y de Pantarias.
Pep casó con la primera Pantaria y tuvieron, para disgusto suyo y regocijo de
la madre, una niña. No acierto a comprender cómo, tan disgustada como estaba
con su nombre, mi tatarabuela decidió llamar también así a mi bisabuela.
Tras
la boda, los recién casados se trasladaron, por el trabajo de Pep, a vivir a
Mataró, ciudad industrial, con un nivel de vida irrisorio, con unas condiciones
laborales rayanas en la esclavitud, que sirvió de germen de movimientos
comunistas, sindicatos y "demás chusma". En una de las revueltas de
los trabajadores murió Pep, dejando viuda e hija. No seré yo quién os hable de
las miserias de la vida de una viuda en un mundo hostil, de hombres, competitivo,
donde lo que estaba en juego era algo más que el puesto de trabajo: era la
propia existencia. Ella nunca lo hizo. Sentada en la cadiera, frente al hogar,
su cuerpo encogido, famélico; sus manos artríticas y temblororas; su rostro
acuchillado y sombrío, hablaban por sí solos.
Casi
de un soplo, la segunda Pantaria se puso casadera. Mientras su madre trabajaba
de sol a sol, ella se dedicaba a escoger novio. Y vaya si lo eligió pronto.
Boda apresurada con un agitador desaprensivo, republicano, cargador de
mercancía en la estación cercana, que aprovechó el primer tren para dejar a la
recién desposada plantada en el umbral de casa.
Tras
este suceso se fraguó un inequívoco espíritu monárquico en la familia. Una
nueva niña vino a confirmar la tradición. Esta vez el nombre pudo ser Isabel
"en honor a las dos reinas más grandes que ha tenido España", pero
pudo más la devoción a la Santa. No seré yo quién os hable de los comentarios
que tuvo que escuchar, de las miradas que tuvo que esquivar, de la marginación
que tuvo que padecer. Ella nunca lo hizo. La niña pronto hubo de dejar la
escuela, inmersa como estaba la familia en un mundo proletario y necesitado.
Desde muy pronto colaboró con su abuela -mi tatarabuela- para mantener a su
madre que, fiel a su vida pasada, estaba más preocupada por los pantalones que
de cualquier otra cosa. A los once años oyó por primera vez hablar del desastre de ultramar y de la
pérdida de las colonias. A los quince ya era capaz de identificar a lo más
granado de la intelectualidad de aquellos
años: leyó a Machado, creyó a Costa y se enamoró de Valle, al que admiraba por
su agria visión del mundo. Pero su realidad estaba en Mataró, pobre entorno
para su espíritu renovador y aventurero. Marchó pues a Barcelona a conocer
mundo y a cultivar aficiones. En el viaje conoció al que luego habría de ser su
marido: gustos comunes, afines lecturas, similares ambiciones. Para evitar una
tragedia familiar accedieron a casarse un año despues. Sus delirios
intelectuales se vieron truncados ante la imposibilidad de vivir sin trabajar.
Había, además, que mantener a la recién nacida -mi madre-, también Pantaria.
La Semana Trágica devolvió a mi abuela, viuda, a Mataró. Con
mi madre en un brazo y un mísero hatillo
donde cabían todas sus pertenencias en el otro, pidió asilo en la que
otrora fue su casa y allí fue acogida sin una sola pregunta, sin un solo
reproche. No seré yo quién os hable de la humillación que sufrió, del desengaño
que arrastró el resto de su vida. Ella nunca lo hizo. Fueron aquéllos años de
prosperidad. Mientras en Europa se mataban por no se sabe qué razones, mi madre
crecía en un mundo un poco mejor que el que conocieron sus mayores: los
sindicatos habían cobrado gran pujanza, lo que humanizaba las condiciones
laborales, y la monarquía era estable, lo que agradaba a todas las Pantarias.
Sindicalismo y Monarquía resultaban difícilmente asimilables por aquellos días.
Víctimas de la grave contradicción que suponía comulgar con ambas cosas, su
situación comenzó a flaquear.
En
un ambiente politizado, rodeadas de comunistas y socialistas y
anarquistas; huelgas generales, violencia patronal y represalias obreras
y más violencia patronal, como lo de Savolta, la saga de las Pantarias era como
una isla en medio de un mar embravecido, isla en la que todas las olas
salpicaban y a la que todos los náufragos querían arribar. Uno de esos
náufragos, precisamente, caló hondo en el espíritu de mi madre. Parecía de
buena familia. Poseía unos modales exquisitos, vestía sin excesos pero con
elegancia, era de claras tendencias antiproletarias y tenía un buen puesto en
el ferrocarril. En un mundo brutal, despiadado, violento y salvaje no es de
extrañar que mis abuelas le dieran algo más que cobijo y mi madre algo más que
compañía. Era el primer hombre que aparecía por aquella casa y no desaparecía
con el primer suspiro. En cuanto se presentó la primera oportunidad se organizó
el casorio. Él era mucho mayor pero era
un buen partido. El primer buen partido de la familia. No se habló más.
Primero
la crisis, luego la República y finalmente la guerra acabaron con las fuerzas
de mi padre, que se suicidó a pocos días del final de la contienda cuando su
paciencia no fue capaz de aguantar un segundo más. Mientras los demás
celebraban el final de las luchas fratricidas o marchaban perseguidos, mi madre
enterraba su buen partido en un solar a las afueras. Ni una lápida, ni una
cruz; ni siquiera un cementerio: no había dinero. No seré yo quién os hable de
la rabia que tuvo que contener, de las lágrimas que no virtió. Ella nunca lo
hizo.
La
estación de Mataró no es el mejor sitio para evocar viejos recuerdos, pero
alrededor de ella se ha forjado toda mi historia pasada: la de las Pantarias.
No sé cuando lo decidí, pero mi destino se alejaría de aquí. No iba a
continuar la tradición -pues Pantaria me llamo- y esperar a algún funcionario
de la compañía estatal de ferrocarriles y tener que callar el resto de mi vida.
La tatarabuela siempre decía que 1848 había sido un gran año. No en vano
nuestra vida ha estado marcada por esa fecha. Mejor dicho, vuestra vida. La mía
no.
Adiós madre. Despídeme de las abuelas.
24
de Octubre. Mataró. 1960.
Rafael Ballesteros. ® 1992
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