Mentí en confesión
Ave María Purísima.
Con esta fórmula daba comienzo el ritual. Sin apenas comprender su
significado último, era la contraseña que me permitía acceder, por lo visto, a
un mundo intemporal y trascendente de la mano de un particular Virgilio que
habría de guiarme por los procelosos abismos de mi mente pecadora y que, por
ende, habría de librarme de los peligros que la influencia de los poderes del
Averno podrían producir en mi infantil y débil carácter.
El padre Rafael era el guía. La llave de su inmensa sabiduría era la
mágica fórmula de la Más Que Pura María sin la cual no era posible acceder a
sus archivos de memoria, cual si computador fuera. Era de general conocimiento
que su verdadero nombre era Rogaciano pero, en aras de la discreción propia de
un religioso y, más que probablemente, para evitar el escarnio generalizado,
decidió eludir su auténtico nombre de pila y responder por otro menos
comprometido. Desde luego, esta noticia la difundieron la malas lenguas pero
debe ser cierta habida cuenta de que después de todos estos años nunca he
recibido un desmentido sobre el particular.
No era un hombre mayor y se conservaba en bastante buena forma, como
procuraba demostrar cada fin de semana batiéndose al tenis con lo más granado
de los padres de los alumnos del centro. Tampoco aparentaba ser lo austero que
cabía esperar de su religiosa condición. Su nariz y cara permanentemente sonrosadas
le fraguaron una, no sé si mala o buena, fama de catador indiscriminado y de
invitado permanente a las Bodas de Caná, por más que el profesor de ciencias se
empeñara en atribuir su rojizo color de tez a algún tipo de alteración parecida
a lo que podría ser en el futuro una embolia. También era de general aceptación
su amaneramiento, sensibilidad era el eufemismo habitual que usaban los
adultos, aunque nunca nadie divulgó sobre él, lo que sin duda habría sido una difamación,
ninguna acusación de comportamiento dudoso o proclividad hacia los menores.
Esta sensibilidad sí era pública en su confeso afán de versificar todo
aquello que pasaba por su cabeza, lo que le convirtió en un prolijo creador de
versos libres que, con un tufillo apenas di-simulado a Santa Teresa o San
Juan de la Cruz, pero sin su clase, solía utilizar para explicar el sentido,
real o alegórico, de unas horribles esculturas de hierros retorcidos que tenía
la costumbre de regalar en señal de amistad a aquellos privilegiados que eran
merecedores de ella.
Uno de estos amasijos de hierros, un torero según todos los que lo
vimos, una bailaora según sus rebuscados y cursis versos pseudo-modernistas,
apareció en el recibidor de mi casa una tarde ante el asombro de todos lo que
intentábamos, sin éxito como dije, averiguar qué era aquello. Lamento no
recordar con fidelidad el contenido de las líneas que alababan las cualidades
artísticas del arte folklórico y de sus transmisores en osado parangón con el ejercicio
poético en el que quedaba plasmado ese panegírico.
Yo era muy joven, nueve o diez años, y no acertaba a comprender
nítidamente el ambiente jocoso, más bien risueño, que se respiró siempre
alrededor de aquella escultura y que la condenó sin más dilación a las
profundidades del armario más olvidado de entre los dedicados a objetos
inútiles o caducos. Ahora la contemplo y me da la sensación de que precios más
altos se han pagado por mucho menos. En fin; el padre Rafael era amigo de la
familia. Quizá otro destino mereció su desinteresado obsequio.
Por tratarse de un Colegio confesional era costumbre celebrar cada mes
una Eucaristía, Misa parecía más simple pero no era respetuoso al parecer,
para los alumnos de cada curso, y ofrecer la correspondiente oportunidad de
acceder a la Comunión en paz con todo lo imaginable a través de la previa
Confesión. Penitencia, quise decir. Ésta solía tener lugar, de forma individual
y voluntaria, la tarde anterior. Aunque era posible no ir, no era posible
sustraerse a la emoción de salir de clase en horas lectivas y dirigirse por
pasillos habitualmente prohibidos hacia una entrevista personal con un señor
que nunca desvelaría el contenido de la conversación. Por supuesto, los más
osados aprovechaban el cambio de clase para repetir su turno de salida y pasear
un rato por desiertos Halls, ojear aburridos y secretos tablones o sentirse héroes
mientras arriesgaban su pellejo por un poco de popularidad.
Siempre tocaba en clase de religión o plástica, nunca en matemáticas o
lenguaje. El conducto habitual era el de la lista previa y llamamiento personal
a través del anterior, que era el que te avisaba a su regreso. La picaresca
hacía el resto. Yo no era un pícaro, ni siquiera un valiente, temeroso de ser
descubierto, transparente a todo lo que intentaba ocultar. Yo pensaba si eso no
sería una especie de merecido por intentar engañar. El caso es que llegó mi
turno, no accedí a comerciar con él por miedo a incurrir en grave delito
disciplinario –si un ciego guía a otro
ciego, ambos caerán en la hoya–, y me dirigí a las dependencias donde
habría de tener lugar la entrevista al más alto nivel.
Era habitual saber con antelación el nombre del cura, perdón, sacerdote,
que en esa ocasión ejercería de tal, así que podía haber evitado el engorroso
encuentro, pero en mi ingenuidad no se me ocurrió sospechar o prever, para
evitar situaciones comprometidas, por donde podía llegar a discurrir una
conversación trivial y amistosa con un mayor, trivialidad y amistad, por
cierto, que serían utilizadas como medio de sonsacar mis pecadillos y que tenían el efecto de dejarme muy satisfecho por mi
correcto comportamiento y, de paso, me quitaban el oculto temor a la reacción
de aquel individuo que se decía poseedor del privilegio de ponerme en contacto
con Dios: se contaban terribles penitencias impuestas por banales faltas e incluso
impúdicas escenas que harían enrojecer al más desvergonzado. No era esto lo
que se decía del padre Rafael.
Llamé educado a la puerta, asomé la cabeza y su sonrisa, creo que sincera, me invitó a pasar. Recité
la contraseña: ahora ya se podía empezar a hablar. Preguntas insulsas,
respuestas vagas, de la familia, de estudios, del tenis al que jugaban mi padre
y él, todo muy superficial, disfrazado de conversación entre hombres. Y
entonces fue cuando ocurrió. No es que él no tuviera derecho a conocer el
destino seguido por su regalo pero no era ese el momento adecuado para
preguntar por él ni tenía delante a la persona adecuada para responderle.
Quizá pensó que yo no daría las típicas explicaciones que no dicen nada; quizá
nuestra conversación se dirigió en aquella dirección; quizá yo cometí alguna
imprudencia y mencioné lo innombrable; no sé, el caso es que me preguntó por
su escultura, pero no sólo eso, sino que también pretendió saber si la habíamos
colgado en alguna pared de la casa, ese debía ser su cometido.
–Sí–, mentí. ¡Elí, Elí, lemá sabakhthaní!
Consciente de que lo hacía, lo único que me empujó a actuar de aquella,
censurable a todas luces, manera, fue un doble temor: a la reacción del
despechado artista –…arrojadlo fuera, a
las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes– y a la de mis
padres cuando descubrieran, abochornados, que de nada se podía hablar en mi
presencia porque todo lo contaba. Desde aquel día decidí eludir al padre
Rogaciano y a sus conflictivas curiosidades sobre intimidades familiares. El
padre Florentino, quien nunca encubrió su verdadero nombre y, por tanto, nada
ocultaba, anciano y con su sempiterno olor a ajo, no hacía preguntas.
Rafael Ballesteros. © 1995