LA MUERTE SÚBITA

 

Su muerte fue repentina.

He leído después esa frase muchas veces y he tratado de interpretar el significado que los periodistas y la gente en general utilizan. A mi entender, frecuentemente viene a significar que no era esperada, que no había signos que hicieran presagiar semejante destrucción y muy pocas veces a señalar que el hecho se había producido sin convulsiones, sin sufrimiento, con velocidad, tal como en sentido literal podría interpretarse.

En mi caso este fue el correcto significado.  Su muerte fue rápida y ligera. Estaba a su lado y no sentí nada, aun cuando cualquier sonido o movimiento que se produce a mí alrededor basta para despertarme,  incluso cuando el cansancio me rinde.

No creáis que os engaño. Durante los años en que nos dedicamos a criar a nuestros hijos, cualquier movimiento, cualquier lloro bastaba para despertarme y poner mi mente en alerta. Incluso, hace mucho más tiempo, cuando mi madre entraba en mi dormitorio, bastaban sus pasos cautelosos para despertarme.

Pero al llegar la madrugada, cuando desperté a los primeros movimientos  de los pájaros que comenzaban a disputar los frutos de la morera cercana a nuestro dormitorio,  lanzando cantos estridentes,  rivalizando por los frutos más maduros y quizás  intentando alguna temprana seducción,  nada mas girar mi cabeza hacia su lado de la cama, intuí sin ninguna duda lo ocurrido.

No note ningún dolor brusco, ni supuso ninguna sorpresa para mí. Había sentido mucho amor y sobre ese amor se habían aposentado cerca de veinticinco años de convivencia y nuestros hijos. No digo que mi amor  fuera como el de los primeros momentos, pero siempre lo notaba a mi lado, pasara lo que pasara.

Una punzada en la boca de mí estomago fue mi primera reacción. Mi cuerpo y mis pensamientos permanecieron paralizados durante un largo tiempo. Sin embargo, no por ningún pesar o asombro ante su muerte. Ni siquiera su cuerpo tendido sobre la cama y parcialmente recubierto por las sabanas, me hizo sentir repugnancia o temor.

Lo extraño fue que no  hice ningún intento de asegurarme. Nunca en mi vida  había sentido ni imaginado nada parecido, pero en mí, tuve una absoluta certeza, una seguridad tan plena, que poco tiempo después, cuando se lo contaba a alguno de mis amigos, se negaban a creeerme

Estaban seguros de que tenía que haber hecho algo, quizá espiar su respiración, buscar su pulso, alguna cosa. Al responder negativamente, sus rostros denotaban claramente su incredulidad.  Sin duda pensaban que mis palabras eran consecuencia del impacto de  lo ocurrido y ni siquiera, tiempo después insistieron sobre ellas.

Pero era cierto. Lo supe y no porque sus ojos ya no tuvieran aquella luz que me enamoró cuando nos conocimos.

¿ Quizá no lo sabíais?.  Fueron sus ojos los que nos unieron, los que me hacían brillar, los que iluminaron nuestra relación. Es cierto que las palabras de mi compañera de estudios, alertándome sobre quien la había preguntado por mí, me impulsó en nuestros primeros encuentros, pero habían sido sus ojos los que consolidaron nuestra unión

Y no penséis  que sus ojos eran su único atractivo. De ninguna manera. Su rostro era hermoso, su cuerpo proporcionado, todo me parecía atractivo en su persona.

Me imagino que algunos conocidos, que desde luego sabían poco de nosotros, pudieron pensar que yo pude tener algo que ver en su muerte. ¡Qué tontería! . Si yo hubiera puesto mis manos en su cuello, aún ahora,  no hubiera sido sino para acariciarlo.  Si acaso mi boca hubiera rozado su piel, solamente hubiera podido depositar besos.

Es cierto que aquella misma noche había vuelto a rechazar mis caricias y su actitud, sumada a la de muchas noches anteriores, me había producido un hondo dolor. Pero nunca  hubiera pensado en hacerla daño. Ni por eso, ni por ninguna otra cosa.

Cuando se levantó, todas mis certezas se confirmaron. Los restos de la persona a la que había amado continuaban sobre la cama.

Entre aquella persona, extraña para mí, que se movía por mi habitación con su apariencia y yo, sacudimos las sabanas  y los hicimos volar. Sus restos convertidos en  polvo fueron a reunirse con el que arrastrado por el viento de la obra cercana, había penetrado en nuestro cuarto durante la noche.

Aquel día no se lo conté a nadie. ¿ A quien se lo iba a decir?.

 

© Lérida, Octubre del 2.000

       

cerrar