Entrevista a Marcos Cogan

Por Nicolás Alejandro Valdés Mavrakis

 

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Respuestas de Marcos Cogan

 

Lo primero es lo primero, de modo que, según el orden en el que se me plantean las dificultades (descubro que una entrevista es, en efecto, una serie de dificultades interrogantes) estoy obligado a determinar si soy europeo o sudamericano. Si lo que determina este ser o no ser es el accidente (hay quien afirma que no lo es) por medio del cual uno nace en uno u otro sitio, entonces soy sudamericano. Si el factor decisivo es, en cambio, la identidad cultural, entonces soy europeo. En el estado en que estaban las cosas cuando yo andaba por allí, es difícil determinar qué es uno sin tener en cuenta lo que los demás querían o quieren que uno sea. Me explico: en la casa en la que me crié se hablaba castellano con acento extranjero. En el barrio en el que crecí, y según el acento y el apellido, unos eran gayegos, otros tanos, otros gringos, otros turcos –esto incluía a libaneses, árabes, judíos y alguno más- y seguramente se me olvidan algunas variantes. Los criollos, es decir aquellos gayegos, etc., que llevaban un par o tres generaciones más en el territorio, se encargaban de mantener a cada cual en su sitio. Poco se veían las divisiones y los ghetos, pero ahí estaban, firmes como rocas, transitados libremente sólo por ese núcleo de gente culta y evolucionada que felizmente alienta en cualquier sociedad, por dura que sea. Los demás suscribirían, sin dudarlo y como cosa muy seria, la ironía del poeta Couture: “…los extranjeros que preferimos son los extranjeros de color, porque se les localiza de lejos”, y si no que alguien pregunte dónde vivían los negros en Montevideo, al menos hasta el final de los años sesenta, o por qué alguna gente llama “macacos” a los brasileños, tan mayoritariamente oscuritos ellos… Y no olvido que en diciembre se instalaban, en las casas de la gente de bien, los pinos cubiertos de nieve artificial o algodón a secas, y se simulaba aún más el frío europeo comiendo frutos secos y turrones, así, en pleno verano del Sur.

 

Soy europeo, nacido por accidente (hay quien afirma que no lo es) en América del Sur, criado entre navidades blancas, clasismo purísimo al modo metropolitano, borsch, polenta, puchero canario, quiche lorraine, pan marsellés, pan alemán. ¿Eumericano? ¿Sudapeo? Ni idea. En todo caso, y gracias a ese crisol, puedo hablar, leer y escribir cuatro lenguas europeas como mías, como maternas, aunque mi linaje materno sí que es criollo viejo de hidalguía resplandeciente. Y, ya se sabe, allí donde uno habla, lee y escribe, está uno en casa. En realidad creo, aunque ni europeos ni sudamericanos quieran darse por enterados, que los como-yo somos, además de numerosísimos, lo nuevo. Me atrevo: lo deseable para todos, y de una vez por todas: humanos en quienes, por accidente tal vez (hay quien afirma que no lo es), el peso de la patria, al ensancharse y ahondarse, humanizándose, el sentimiento que de ella se tiene, disminuye hasta desaparecer.

 

La segunda cuestión-dificultad hace referencia a la juventud, a mis probables edades. Lo primero que debo señalar es que soy beneficiario, en ese sentido, del particular efecto que tiene la locura sobre algunas personas: el tiempo se detiene. He tenido diecisiete años hasta los treinta y nueve. He conservado, gracias a que estaba loco (es decir desajustado, mal sintonizado con el entorno y la experiencia, desrepertoriado en materia de referencias y atribución de valores a objetos, ideas y creencias), he conservado, digo, necesidades, impulsos, principios, deseos y proyecciones propios de eso que usted llama “vísperas de la juventud” hasta la edad que antes indicaba. De ahí su impresión. En realidad, nací a finales de la primera mitad del siglo pasado. Ya estoy consiguiendo llegar a los treinta, pero, a pesar de ello y en lo que se refiere a la poesía, sigo suscribiendo esa guerra sin plan. No concebiría, ni aun reuniéndome, sano y feliz, con mis más de cincuenta años de veras recorridos, el no deber “salir al ruedo”.

 

Terceramente hablando, y aun a riesgo de parecer evasivo o algo peor, no creo nada. Absolutamente nada creo que es, sea o pueda ser la poesía, aparte de lo que se nos evidencie cada vez a cada uno. Sí sé, sí creo que es cierto y verdadero que, aunque se pudiese siempre determinar las coordenadas manantiales de un poema, el mecanismo por el que aparece es exactamente inspiración, al menos en lo que a mí respecta. Y esto enlaza directamente con otra observación suya, la que se refiere al multilingüismo: aparece, sale, me viene a los dedos, va al teclado o al bolígrafo y ahí se queda, en el disco o el papel; pero en ese segundo momento en que debo dejarlo o quitarlo o cambiarlo, ahí elijo, decido, quiero que sea así. No sólo porque así viene, sino porque ya va siendo hora de ser todos los que uno es. Balzac propuso alguna vez, en boca de un personaje, que si uno buscase en la Historia “las causas humanas de los acontecimientos, en lugar de aprenderse de memoria las etiquetas”, uno extraería de ella “preceptos para la propia conducta” (creo que en Ilusiones Perdidas). Cuando he podido, he seguido el consejo. En cuanto al amor en francés, es muy probable que la respuesta se aleje del interés real de quien pregunta, pero no podría cambiarla sin incurrir en falsedad intencionada: por un lado, el amor fue el remolino central de mi locura antes mencionada, a la vez trampolín y blanco central del torbellino hallado patológico y, por el otro, el francés es la lengua que hablé, pensé, leí y escribí mientras intentaba –y casi conseguía- aquietar el remolino y localizar mis centros en regiones menos giratorias y engullentes, o sea curarme, aliviar. La cuestión del orden, de la situación de cada poema en cada “libro”, he de decir –al tiempo que pido licencia para no explicar- que mi intención es un descuido que ignore órdenes o desórdenes, aunque si alguna vez hay intención clara sea, justamente, la del desorden. En materia de poesía, detesto a los que “saben”, les veo pelo y marca y no me gustan, no son de mi tropilla y creo poder afirmar que nunca lo serán. Y esto lo digo desde mis cincuenta y pico, aunque parezca muy joven, también.

 

Cortésmente lamento no tener a don J. L. Borges entre mis referencias habituales, y en la poesía menos que en ninguna otra parte de mis haceres con las palabras. Mis “padres”, ahí, son varios y otros: Jacques Prévert (ése es el Jacques), Vallejo, Gelman, Joyce, Cortázar (¿eso me hace, tal vez, “nieto” de Borges?) Céline, Schnitzler, en fin, varios y, como ve, no todos poetas. Me apresuro a aclarar que no hay razón, ni sentimental ni racional, ni por el barrio ni por el sentido crítico, que me aleje de Borges, de hecho no estoy lejos o cerca: recuerdo claramente todo lo que he leído, algo me gusta, algo me gusta menos, algo no me gusta nada... Simplemente es así, hay obras magistrales –mucho de Borges lo es- a las que, para algunos de nosotros, les falta ese punto al que nos enganchamos. En cuanto a Benedetti, a pesar de que me gusta y mucho, no lo “siento” entre mis referencias o influencias decisivas. La coloquialidad que usted señala, si he de situarla, la acercaría más a Prévert.

 

El poema de la página 17 le habla a un niño de mi sangre muerto por causa directísima de la estupidez humana y para eso tampoco tengo explicación. Quien nunca haya buscado alivio que tire la primera erudición y, habiendo leído sus textos, me atrevo a asegurar que ése no será usted.

Tiene razón al señalar que es la adolescencia el momento de “ver el funcionamiento del mundo” y tomar posición. Con lo que no concuerdo, en la idea y en la práctica vital, es con la noción generalizada –que no le atribuyo a usted- de que hay un momento para dar batalla y otro para “madurar” y retirarse, aceptar el cargo, comprar ese coche, dejar esas palabras en el estante de lo-dije-cuando-era-tan-joven. Si bien es cierto que hoy por hoy, obligado por las circunstancias, tengo un coche, también lo es que durante años no lo tuve. Y no era envidia lo que sentía hacia quienes se “enlataban” en busca de prestigio, era más bien un suave tonto inútil desprecio condescendiente. Siento auténtico placer en contemplar, conocer y utilizar la mayoría de las máquinas de humana invención que están a mi alcance, no soy nada hippie, nada retrógrado –al menos en cuanto a las máquinas se refiere-, y las motos me dieron la oportunidad de desmarcarme de los “yuppies de mi generación” –ahora ya sabe cuál es: la de los yuppies más “culpables”-, además de permitirme disfrutar de una manera que sólo un vehículo así puede proporcionar. Y una astucia: puede uno gozar de las sensaciones que da un Ferrari, pero a precio de cochecito usado barato, al menos por estas tierras europeas donde las motos de segunda mano son bastante accesibles, la verdad sea dicha. Resumen: si alguna vez dejo de “pelear”, sabré que ha llegado la hora de irse. Creo que insistir en el esfuerzo de verse a sí mismo, educar hijos prestando atención, cultivar amistades, intentar desmontar a los patriotas (“…esta cultura / donde aún se insinúa un viento de epopeya / un caracolear de potro pretérito y perfecto…”), seguir atento en busca de señales en medio del ruido, es dar batalla, es seguir en la guerra aunque uno prefiera seguir sin plan, porque los planes fundan partidos y ésos, ya se sabe… lo arreglan todo con un comunicado.

 

Claro que hay intencionalidad concreta detrás de esos versos. Los gemelos son gente que conocí, gente enriquecida y radicalmente empobrecida a la vez por los impulsos “culturales” que da el dinero estatal; los miembros de la comisión son evidentes, los “bandos” también lo son. El mío queda, espero, bien claro, y ahí vivo, en población pequeña, con círculo pequeño de amigos cuya elección es cuidadosa y no incluye, por imposible, a ese señor que me quería en su agencia. Con los años sólo me vuelvo más tolerante y educado, o acaso sea sólo más furtivo y taimado, más apto para el disimular. Con los años, cada vez más, restrinjo las armas y los campos de batalla, es decir las palabras y a quiénes y cómo las dirijo, eso debe ser por haber leído alguna vez algún libro chino de aforismos. Pero mientras la incomodidad, como usted acertadamente llama a mi estado de cosas frente al estado de las cosas, mientras la incomodidad subsista, permaneceré donde estoy y como estoy: joven en el impulso, en guerra y sin plan.

 

Cuál es mi relación con el dinero, se pregunta usted y me pregunta. Mejor enumero mis tareas remuneradas de los últimos años: traductor simultáneo en pequeños eventos, peón de albañil, tractorista en plantaciones de alfalfa, montador de estructuras para grandes eventos (conciertos, ferias, etc.), limpiatejados, barresuelos, cosas así. Y muchas, muchísimas veces, he sido beneficiario de alguna generosidad verdadera. Eso es lo que más me ha enseñado. Todo esto, claro, para mantener intacto y propio el campo de mis “batallas”. Que es mi lujo, quiero decir.

 

Le aseguro, estimado don Nicolás, que no tengo ni idea de por qué incluí en esa pequeña colección de poemas esos trozos de prosa. Me gustó hacerlo, creó que sólo es eso. En cuanto a la relación entre  poesía y sociedad, sí creo que la hay –y acompaño el sentido de su pregunta-, tanto como relación hay entre la sociedad y yo, que soy la sociedad, la formo, la represento, así como todos los demás. Todos. Lo demás que podría decirse, creo, forma parte de esa especie de basura espacial que, como los restos de satélites artificiales que orbitan la Tierra, flota alrededor de la poesía.

 

Bueno, he procurado mantener un cierto orden en todo esto y me voy acercando al final. No estoy seguro de haber conseguido aclararle quién soy. No estar seguro es, lo confieso, otro lujo de vida que me doy. Ahora, llegado este final y a riesgo de parecerle inoportuno o algo peor, acabaré esta serie de respuestas con una pregunta que se me hace necesaria: ¿a usted le gustan mis poemas?

 

 

© Marcos Cogan

 

Para desequilibros.com

 

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