Estimado
Sr Valdés Mavrakis:
Es probable que mis
preguntas –sea formal o conceptualmente- le causen una cierta sorpresa, o le
parezcan querer mostrar esto o aquello, por eso me apresuro a asegurarle que no
es ésa mi intención, sino otra, otras, que no enumeraré para no aburrirlo. En
todo caso, tenga en cuenta que sus textos son todo cuanto tengo de usted y que
unos textos, tomados como retrato, no pueden no ser causa de un cierto nivel de
erroneidad implícita. Quiero decir que, tal y como le ocurriera a mi madre con
Nat King Cole -al que se imaginaba rubio y alto, con cejas pobladas y
marcadamente oscuras-, me puedo equivocar en un sentido o en otro, resultando
usted mucho más negro de lo que me imagino o, viceversa banal, mucho más
blanco, es decir: angelical. Por eso –y ahora Watson me mira con su habitual
curiosidad en el semblante- voy y opero con lo que tengo, sin intentar partir,
solo y pretencioso, de un retrato-robot intelectual que plantaría una sonrisa
comprensiva que no deseo en el futuro de mis hijos.
Una aclaración
necesaria: me gusta lo que escribe.
Ahora, contando con su
benevolencia, espero su respuesta si tiene usted a bien.
Saludos cordiales.
Marcos Cogan
Una vez dicho esto, le
pregunto:
Pregunta.- Uno de sus personajes afirma, durante un diálogo
con un viejo amigo viejo (diálogo que sustenta en posición central el argumento
de la historia), que la paranoia es una reminiscencia mental del instinto
primitivo de supervivencia. ¿Suscribiría usted esta afirmación?
Respuesta.- Ante todo, y ya que todo esto es cierto pero a la vez es como un juego, yo voy a hacer como los chicos y
jugar al indio convencido de que soy realmente
un indio. La supersticiosa ética del escritor, digamos. Voy a jugar a que soy
un escritor, (o Nat King Cole o Andrea Bocelli), y que me hacen un reportaje.
Vamos a suspender un rato nuestra credulidad. Yo, en especial, voy a dejar la
mía en el perchero, y a contestar como si realmente pudiese hacerlo. Así es más
divertido, ¿o no? Como dijo un ex presidiario irlandés, “dadle a un hombre una máscara y será él mismo”.
* * *
Sobre la pregunta de la paranoia: desde ya, no lo sé. Tampoco creo que
en materia de literatura uno tenga que atenerse a la realidad de los hechos,
pero bien, así como está redactada la definición, suena tan creíble y hasta
empírica que a mí al menos me gustaría creerlo. Paranoia, intuición,
perspicacia... Probablemente haya un poco de todo. Según el psicoanálisis,
dentro de cada uno de nosotros habita un monstruito que se llama Inconsciente,
que nos domina y controla a voluntad, y que incluso hasta se nos puede escapar
por la boca en medio de una cena, en un lapsus, y hacernos decir cosas
horrendas, tales como nuestro verdadero parecer sobre la nueva novia de un
amigo, o el aspecto y peinado de una prima amable. Esto demuestra que la
mentira no es un pecado sino el bastión elemental de cualquier sociedad
civilizada.
Pues bien, dicho así a lo bestia, según el psicoanálisis hay en nuestra
mente elementos que ni siquiera nosotros podemos controlar. Mucha gente
deposita su fe en esta teoría del inconsciente, el yo, el súper yo, el ello,
etc. ¿Por qué no, para variar, creer que por ejemplo la paranoia es aquello que
dice el Dr. Rivarola?
Alguna vez quise ser médico psiquiatra, lo acepto, pero jamás fui
paranoico. Neurótico sí, pero desconozco la razón profunda oculta en el origen
de esta... ¿condición?
Sin embargo, tanto sea la paranoia una reminiscencia del instinto de
supervivencia, o el asesinato no sea sino el instinto primigenio de cazar para
vivir, creo que la idea del cuento es, en parte, que uno a veces no puede
elegir qué es lo que puede o quiere ser. Acérqueme ahora el diván, mi amigo.
Estas personas nacen predestinadas, llevan en su propia sangre, codificado en
el adn, todo su destino. No son libres. Más tarde o más temprano, cada uno va
descubriendo qué es, y por esas tragedias de la vida, parece que querer cumplir
su verdadera ¿voluntad? ¿vocación? ¿fatal destino? casi siempre conlleva muchos
riesgos. El Dr. Plaja, Rivarola, el historiador, todos, en definitiva, son
víctimas de eventos y conductas que no pueden controlar. Claro que entre el
historiador y Rivarola hay ciertas diferencias; por ejemplo, aquello que para
el segundo es una fatalidad atroz, para el primero es en cambio la coronación
de toda una cansada vida: descubre al menos, antes de morir, que aquello que
sentía como “vocación” era su único destino posible. Eso debe ser
satisfactorio, me imagino. ¿Existe la vocación? ¿Somos libres? ¿Qué razones nos
empujan a tomar las decisiones que tomamos? ¿Existe un destino invariable y
obligatorio? ¿Somos realmente libres al elegir lo que creemos elegir
libremente? En tal caso, ¿eso sería tranquilizador o aterrorizante? Yo al menos
no sé cabalmente por qué hago lo que hago, no tengo vocaciones seguras o no las
he descubierto; ni siquiera sé si soy un frustrado. Tampoco creo, pues, en las
tranquilidades ajenas sobre el mismo tema. Yo le temo demasiado a esas
intranquilidades y dudas, que son como una comezón profunda del Ser, cuya
rascada puede precipitarnos hacia la Nada. Oh, lástima: llegamos al final de la
sesión por hoy, y veo que no hay más ron.
Pregunta.- ¿Es usted consciente del hecho previsible de que
sus conocimientos, la información que posee y nutre sus escritos, sirvan para
reducir drásticamente el número de sus lectores contemporáneos y hasta el de
sus amigos?
Respuesta.- No sé bien de qué conocimientos se trate. En los relatos no
hay nada de eso, salvo algún chiste con Niezstche, o la mención de la piedra
Rosetta, R. L. Stevenson, o alguna que otra cita de algún libro. Nada que
supere a un intelecto medianamente formado, tanto sea por la escuela
secundaria, la universidad, o el cine de Woody Allen. Al margen de las
limitaciones de cada uno, yo no encuentro ninguna “erudición infranqueable” en
ninguno de los textos. En realidad mucho de lo que parece “conocimiento” es
puro invento, también. La idea no es apabullar con ninguna jactancia que
cualquier Laruosse Ilustrado no pueda
dilucidar en dos segundos. Aún así, si realmente hubiese tanta información y
“conocimientos” como pueda parecer, no me parecería mal; ante aquello que uno
desconoce siempre hay varias actitudes probables: o pasarlo de largo, sumido en
el supino desinterés del ignorante, o padecer un mínimo atisbo de estímulo por
averiguar de qué se trata, o, mejor todavía, tratar de descubrir si realmente
aquello que alguien dice que es un “conocimiento” lo es.
A lo sumo en los artículos de “Crítica” surja alguna que otra mención a
autores, libros, o demás bártulos bibliotecarios que, en realidad, no tienen
sino la función de disimular opiniones y prejuicios propios con un discurso
pretendidamente sólido y hasta académico, incluso tremendamente pedante como el
de Tolkkien, o aquel del cuento de E. A. Poe.
Se trata de mentir. Mentir
bien. Conoci-miento. Mentir con convencimiento, algo que desde la Retórica de Aristóteles, pasando por La decadencia de la mentira de Oscar
Wilde, y hasta por George Constanza –
fíjese que nosotros los intelectuales nos rebajamos a veces a eso, una
concesión para los simples mortales –, ha sido analizado y ponderado. Estoy
trabajando, ahora que lo menciona, en un texto sobre la falsa erudición como
puerta a conocimientos imaginarios, un textito que se llamará “Un cacho de
cultura ad hoc”, y que retoma aquello de que nada que merezca la pena saberse
puede enseñarse.
Pues bien, no creo que “mis contemporáneos” no puedan leerme (excepto
por razones de buen gusto o difusión), o que mis amigos vayan a alejarse de mí.
Todo lo contrario. Ya lo han hecho antes de que yo abriera la boca. En
definitiva a uno le gusta leer, y siempre se aprende algo leyendo. Uno se pasa
la vida estudiando, y sigue aprendiendo. ¿Por qué no ponerle guirnaldas al
tumulto de “información” y entremezclarlo entre mentiras? Le pido perdón si por mi culpa se desveló
toda una noche en bibliotecas, o ante inmensas enciclopedias, buscando qué es
la Saga de Njal o la historia de las kennigar.
Hemos perdido esa
costumbre de la libertad y la inteligencia que es leer y eso ha disminuido
nuestra capacidad intelectual: se entiende menos, se entiende mal, hay menos
interpretación y se perdió espíritu crítico, que hoy se confunde con protesta y
grito. Basta escuchar el lenguaje coloquial de los argentinos, pauperizado
hasta límites insólitos.
Caramba, uno no se pasa haciendo papelones con lo que ignora, así que
por qué renegar de lo que sabe. Además, como dicen, el saber no ocupa lugar...
Pregunta.- Aunque
pueda parecerle una tontería, me gustaría que me comentara usted su texto “La
Que Te Dije”.
Respuesta.- Las ilusiones, entretelones,
hipocresías y fatalidades de una familia tipo
porteña fueron en su momento tema de cierta novela de Jorge Asís. Bueno, yo leí la (excelente) obra de este
escritor y por una cuestión de tiempo libre, admiración y jocosidad, intenté
“imitar” – el plagio es una forma elevada
del homenaje – algunos de sus procedimientos. El de un narrador omnisciente
y a la vez protagonista es uno de ellos.
“La Que Te Dije” y “La Que Te Dije (bis)” son
dos partes o capítulos anexos y consecutivos, pero no necesariamente
yuxtapuestos, de una pequeña novelita satírica y picaresca que temo – por mí -
jamás terminar. No porque sea tan genial e inabarcable que no pueda dar a
término con ella, sino porque soy un tipo lo que se dice perezoso. Tal vez por
eso si uno lee con cuidado (algo no recomendable) se encuentra con nombres que
no dicen nada, como el Doctor, Joaquín, el Padre Fundador, o el mismo narrador.
Sin embargo creo que la idea central de lo narrado no se pierde. ¿Qué más
decir...?
El argumento de la novelita es otro, más completo; mire, yo no lo voy a
revelar todo ahora, no sea cosa que me roben un argumento originalísimo, donde
se entremezcla una sátira de la vida social porteña, con algunas de sus faunas,
y el humor picaresco del buscón neoliberal, y una red de mentiras absurdas, y
un asesinato inútil que, unidos y reunidos a lo largo del tiempo, retratan la
vida y obra de una familia de inmigrantes que yo no conozco, desde su mismísima gesta hasta la destrucción final,
en manos de un protagonista-narrador omnisciente que, por interés propio,
cuándo no, delata a todos. Una minúscula “comedia humana”, pero sin
pretensiones. “El Padre Fundador” es
otro de esos capitulitos perdidos. (Un “insert”)
Es una sátira – decía -, cínica, irónica, mordaz y pretendidamente
inmoral, donde a ningún personaje le interesa otra cosa que sí mismo. Tal es el
caso de esta mujer patética con “un
principio de liberación exasperante en la cabeza”, casada con un homúnculo absurdo “que aún
siendo soltero portaba el inconfundible rostro del cornudo”. Esta mujer,
pues, busca en una amiga y en su psicoanalista el coraje ridículo que nunca
tuvo en nada, para intentar, por una
vez en su vida, sentir que es “ella misma”. Para colmo a través de la traición.
Y, desde ya, fracasa. Pero no fracasa por razones aleccionadoras, sino por su
mismísima inutilidad para todo.
Inútil hasta para fracasar por razones rescatables, pobre, La Que
Te Dije.
Yo no voy a decir que todo lo allí relatado sea verídico, pero que
conste que sé que eso, así de ridículo como pueda parecer, pasa. (A ver si alguien que conozco lee eso y se cree que de
repente y sin razón le deschavé toda su intimidad real a través de un intento de literatura...)
Hay un grado de patetismo que cruza la frontera del absurdo (sin dejar
de ser real) y que sólo puede ser asimilado desde el dramatismo más misérrimo o
desde el humor más cruel.
La finalidad de este relato es divertir mediante una escritura muy
distinta a, por ejemplo, “A Alicia”.
Las dos o tres personas que lo leyeron dicen haberse enganchado, y hasta le encontraron su gracia. Es una
escritura más semejante a la oralidad, más llevadera y rápida. Tal vez
complique un poco el vocabulario, porque hay, creo, ciertas palabras o frases o
incluso lugares mencionados cuyo significado real sólo puede ser repuesto
dentro del limitado contexto porteño. Si me preguntaran, a mí me gusta más el “Manual de Domesticación de la Mujer” (y
no me diga que un título así no produce ganas de saber de qué se trata).
Pregunta.- Una vez conocidos ese episodio de Orowitz y este pasaje de Amanecer: “Quien
fuera que existe por aquí, reniega de su propia existencia no por odio a sí
mismo sino por la única manera que ha encontrado el amor: la esperanza de otra
posibilidad luego de la vida.”, después de esto, digo, no queda otra opción
al preguntón que inquirir: ¿qué es para usted la filosofía? Le aclaro que la
pregunta dista todo lo concebible de ser una broma.
Respuesta.- De los episodios de Orowitz
preferiría desentenderme absolutamente porque son pésimos, salvo el primero de
ellos, aquel de “la Dicha”, que es
patrimonio sentimental personal, y aunque esté mal escrito, no deja de ser
(ella) hermosa hasta la cursilería.
Usted me dirá con razón: pues hombre, en tal caso el resto tampoco vale
nada. Ok, le concedo eso y más, pero coincidamos en que al momento de hacer la
pira y echar el alcohol, es justo que caiga en especial sobre esos fragmentos.
“Amanecer” es algo que escribí por encargo, pues un día estábamos
hablando sobre la depresión, y todos coincidimos en que el domingo es un día
depresivo. Yo solamente transcribí lo que alguien – un peronista nato (y férreo
doblegador de voluntades) - dijo que era para él el domingo, algo tan dantesco
y deprimente que valía la pena intentar registrarlo. Por ende, pues, no hay
nada que vincule una cosa con otra, un texto con otro, o una idea con otra. Se
trata por un lado de un franco error, y por el otro, de la trascripción propia
de pareceres ajenos.
La impunidad para “publicar”, el caradurismo para hacerlo, y la falta de
compromiso con lo escrito generan estos menjunjes. No hay una idea fija ni
motivaciones pautadas, se trata del mero gusto de haberlo hecho, hedonismo mal
entendido, si se quiere. (El único compromiso de este escritor es consigo
mismo, y su único proyecto de crecimiento es la barba.) Entonces, pues, la
filosofía para este mismo escritor es la historia de las inquietudes e
interrogantes que mantuvieron pasmados a los sabios, desde los años de los
presocráticos hasta hoy - pasando por todo lo que hubo en el medio, con mayor o
menor éxito estético y literario -, intentando dilucidarlo todo. Y así como hay cinco o seis metáforas
elementales, con infinitas variaciones, también en filosofía parece haber cinco
o seis ideas elementales, con infinitas variaciones, para todos los gustos.
Estas palabras de Abelardo Castillo son atinadas: “He visto el objetivismo, el esoterismo a la Pauwels y Bergier, los
tachos del Instituto Di Tella, el
estructuralismo, el pop, el fin de las ideologías, las obras abiertas, la
modernidad. He sobrevivido a los fórceps, a la masacre de Ezeiza y a cuatro
insurrecciones militares. Ya puedo sentarme en el umbral de mi casa, como
quería Marechal, a ver pasar el cadáver de la última Estética”.
Sustituyendo la masacre de Ezeiza por la década menemista y el delarruísmo, y
restando una insurrección militar, estamos hechos.
Pregunta.- ¿Qué reconocería, si se detuviese a pensarlo, en
“Nihilum”? ¿Una venganza de tipo filial? ¿Una intuición no-paranoica de las
razones que para el silencio puede tener un Maestro? ¿Otra opción?
Respuesta.- No sé realmente qué hay ahí que
pueda reconocerse, a mi entender, como venganza. El autor famoso al que se
alude en el cuento solía contar, de verdad, que uno de los momentos de mayor
gratificación en su vida había sido el día en que una persona lo detuvo por la
calle y le agradeció haberle hecho conocer, a través no sé si de sus clases de
literatura inglesa o qué, la obra de Robert L. Stevenson. En base a esa
anécdota real, que consta en algún que otro libro de “Conversaciones con...”,
se me ocurrió esa historia breve, que está escrita – además de con los errores
e imperfecciones insalvables propias-, con la deliberada idea de transmitir una
especie de estupefacción o “tartamudez”, pues lo que se dice se mezcla con lo
que se piensa y esto con lo que se describe, y lo mismo pasa con los tiempos y
los modos; es el nerviosismo y sorpresa de quien, a las apuradas, cuenta algo
que lo tiene cautivo de su propia ansiedad hasta el final. Lo único que
interrumpe la ansiedad del protagonista es aquella mujer que teje, y con el
cual comparte alguna que otra inquietud. Lo curioso de la anécdota (real) es
que alguien, que se supone un entendido, se haya acercado a uno de los más
grandes escritores del siglo XX, en plena calle y de sorpresa, para decirle no
que lo admiraba a él sino a otro, inglés, y del siglo pasado. Es un suceso
raro. Podría computarse tan curiosa actitud al estado de conmoción por el
encuentro mismo. Eso sí podría ser el causal de una venganza, llegado el caso,
si uno se imagina que a ninguna “celebridad” debe gustarle que se le acerquen a
opacarla mencionando a otras.
Por otro lado, suele sucederle a uno casi siempre, por más
(medianamente) lúcido que fuere, o por más preparado que tenga aquello que
fuera a decirle a alguien, que nos quedamos sin palabras y, para peor,
irrumpimos con cualquier barrabasada digna del mejor “bestiario” antológico. Sé
de un hombre enamorado que ante la mujer de sus sueños, cuando ésta por fin lo
miraba con los más dulces ojos, bajo la luz de la luna, en verano, y con el
silencio que antecede a las grandes confesiones o eventos, a solas y
expectantes, preguntó cual animalejo: “¡¿Estás esperando algo?!”
Volviendo al cuento, el Maestro ante tal afirmación calla y otorga. En aquel papel, de hecho, cabe todo aquello
que esta persona pueda poner en él; sin embargo esto no lo satisface, y se
deshace de todo. Podría decirse que rechaza el desafío de llenar con su propia
pluma el papel en blanco, la base sólida y tangible, que el Maestro le ha dado.
La verdad, no me creo capacitado para interpretar lo que yo mismo escribí; no
sé quién termina burlándose de quién, ni quién articula una venganza – si hay –
contra quién. En calidad de parricidio,
no cabe duda de que el muerto, en todo caso, goza de perfecta salud.
Pregunta.- ¿Qué apuntaría como razón probable para que sus
personajes –obviamente aquellos que conozco- sean mucho mayores que usted?
Respuesta.- La sencilla razón de que, desde
que tengo memoria, me dicen que parezco más viejo. Complejo de anciano. No
físicamente, aunque, fíjese, nací en 1982 y ya tengo varias canas. Soy una
persona del siglo pasado. De chico era de esos pibes meditabundos que preferían
sentarse en la mesa de los adultos para escucharlos hablar, antes que jugar a
las escondidas (actividad más divertida durante la juventud). De más grande,
jamás pude disfrutar de las actividades “recreativas” que solían hacer mis
camaradas (usted sabe, la milonga y esas cosas), y aunque intenté probarlas, me
aburrían. Esto es común en muchas personas, claro. En cuanto a la música, por
ejemplo, soy fanático de los Beatles. Pues bien, quiero decir: tengo hábitos,
costumbres, gustos y hasta ciertos comportamientos de alguien mayor.
Comportamientos, desde ya, que distan mucho de los que verdaderamente hacen de
alguien una persona madura, pero mire cómo será que en el colegio me llamaban
“abuelo”. Esto es muy divertido, porque parece que realmente proyecto cierta
sensación señorial de seriedad. De vez en cuando, al hablar, suelto sin querer alguna que otra frase realmente
anticuada. Además, también es cierto, a uno le inculcan tanto un personaje que,
al final, termina por aceptarlo y representarlo. Uno es lo que es, lo que cree que es, y lo que el resto de las personas
dice que es.
Groucho Marx confesó haber nacido demasiado joven; tal vez yo, al revés,
nací un poco anciano. Como fuere, en cuanto a los personajes, tienen la edad
que tienen por cuestiones de argumento; por ejemplo, volviendo al asunto del
cuento “A Alicia” (que en realidad
quise llamar “Carta a una señora ausente”), los asuntos que enfrentan estos
personajes son mucho más cercanos a mi edad real que a la imaginaria de ellos;
lo digo por el asunto de la vocación, las elecciones, etcétera, etcétera.
Además tenía interés en intercalar algunas “reflexiones” sobre la vida que, en
boca de una persona joven, serían absurdas. En “Nihilum”, “La Que Te Dije”
y “Manual de Domesticación...” la
razón es obvia, pues por una cuestión cronológica necesito de personajes que
tengan la edad suficiente como para adecuarse a lo narrado.
Pregunta.- ¿Para qué diría que necesitan los humanos (sobre
todo los que disponen de la suficiente energía como para navegar por la red y
consumir lo que ofrece) a las gentes de letras y sus productos?
Respuesta.- Calculo con cierto pavor que
debería tener una buena respuesta para eso, tratándose en mi caso, efectiva y
literalmente (por el momento), de un hombre
de Letras. De la facultad de tales menesteres, al menos.
A los hombres de letras no los necesitan los humanos, desde ya; los
necesitan, sí y mucho, las grandes editoriales (para vender sus productos), los
escritorzuelos con pretensiones y contactos (para llegar a las editoriales),
los profesores de letras (que deberían cobrar un sueldo digno), los suplementos
culturales de los diarios (de vez en cuando y no mucho), y los que quieran
dedicarse a enseñar literatura a gente joven (educada mirando Mtv, más cerca de
Beavis y Butt-Head que de Thomas Mann, Tolstoi o Flaubert).
Lo que sí necesitan los humanos es escritores y literatura, pues estos
seres no ofrecen “productos” sino verdadero arte, y como tal, no se lo
“consume” como si se tratara de enlatados. La versión psicologizante del asunto
da a entender que, llegada la adultez, es poco decoroso el acto de jugar cual
niño para sublimar la tensión psíquica y distenderse recreativamente, por lo
que sólo le queda al adulto guardar los chiches y leerse, por ejemplo, “Los
hermanos Karamazov”. Para Freud, toda creación artística, intelectual o
estética, y todo lo que no fuere una cosa o la otra, corresponde a una
desviación temporal de la libido, por lo que entendemos que llevarse a la cama
un buen libro reemplaza, en parte, al acto feliz de llevarse a alguien más
interesante al mismo sitio.
En lo
personal, creo que los buenos escritores son personas que, a través de sus
libros, nos dan siempre un panorama del mundo que nos enriquece infinitamente y
sin el cual no puede decirse que realmente se haya vivido. Esto quiere decir que mucha gente que se jacta de su
vitalidad, de su hiperactividad y de “vivir la vida”, solamente porque pisa
fuerte el acelerador o salta alguna vez con paracaídas o viaja alrededor del
mundo, muchas de esas personas, pues, en realidad son personas ignorantes que
jamás ven más allá de sus propias narices. Eso rige además para las personas
que han leído dos o tres libros y creen que en el mundo hay diez.
Claro que
cuesta creer que de un acto en apariencia tan pasivo como el de la lectura puedan
surgir tantos sentimientos gratos. Es cuestión de intentar. Tampoco estoy
diciendo que leer sea lo único fructífero de la vida, desde ya que no; de nada
sirve la irrealidad en sí misma si no puede vinculársela con la llamada
realidad, esa instancia tan rígida e insuficiente de la vida que parece
preocupar mucho a señores muy circunspectos e ignorantes, como los abogados,
cuya imaginación está clínicamente muerta.
La
literatura enriquece la vida propia y la embebe con infinidad de vidas ajenas.
La literatura es una forma de la trascendencia. La finalidad del fenómeno
literario, de la obra literaria en sí, su mérito, no será reposar en una única
interpretación, sino en plantear múltiples interrogantes, diversas lecturas
posibles, de manera tal que su mensaje
-si existe- no se agote en uno solo sino que puedan extraérsele infinitas
variantes. Tal vez ahí entren en juego los “hombres de letras”, pues siempre es
bueno que alguien nos guíe, un poquito, ante lo nuevo, siempre y cuando sepa en
qué momento dejarnos investigar por cuenta propia y, por qué no, perdernos.
A todo
esto y un poco más puede ayudarnos el hecho de navegar la red, si tenemos una
buena vela, viento a favor, y el mínimo de intuición y gusto.
Pregunta.- Volviendo atrás: “Pero hasta entonces - si es que algo hay luego de esta pesadilla en
gris mayor - aun falta recorrer un larguísimo trecho de mañanas y tardes y
noches como esta. Antes de llegar al presunto Infierno hemos de recorrer una
segura pesadilla tan real como un tormento físico, como un tormento moral
inexpugnable, que tomara la forma más infeliz de Buenos Aires.” A usted,
que como todos los que estamos recorre el trecho, ¿qué lo mueve?
(El movimiento se demuestra
andando... decía el General.)
Respuesta.- Las
únicas energías cinéticas que existen en el mundo, por más que esto indigne a
los físicos, son las ideas y el amor; y en general no son compatibles entre sí
ni mucho menos. Las ideas, las aspiraciones, los proyectos, la esperanza. Usted
sabe: esas cosas. Y el amor, claro; en todas sus formas: la familia, los
amigos, y en especial el amor de una
mujer, como Merce, capaz de hacerme ver y sentir que ningún paraíso hay
sino en la tierra, junto a señorita tan hermosa como ella. No hay libro ni autor, por más genial que fuere, capaz de superar
esa otra página compartida, íntima y personal, escrita de a dos.
Pregunta.- Una última pregunta: si le valen las razones
borgeanas para seguir escribiendo, ¿por qué hace hincapié en la no-originalidad
del lenguaje “inventado” por su estimado Don J.R.R. Tolkien? No es que me
interese resaltar la contradicción, no lo ando cazando; pero sí me interesa
saber qué, en usted, la resuelve.
Respuesta.- Nunca
recibí tantos insultos y amenazas en mi vida como cuando en un foro de
internet, de fanáticos de la trilogía de J. R. R. T., apareció ese textito. Yo
creo que se trata de una historia ya contada, pero con nombres trastocados, un
público con más inclinación hacia la baratija y las máscaras y disfraces antes
que hacia lectura, apelmazados en base a toda una comparsa hollywoodense que
les hace creer en no sé qué mérito o bondades inexistentes o infladas hasta la
ridiculez.
J. R. R. T. era lingüista. Conocedor del danés, del islandés, del noruego,
y de gran parte de las lenguas muertas anglosajonas, pues, no veo ninguna
originalidad en “inventar” un lenguaje que no es sino un rejunte, un collage,
de otras lenguas. Es como si cualquier latinista con nociones de portugués,
español, catalán y provenzal, añadiera tres pizcas de vasco para salpimentar,
echara todo a la generosa batidora de la morfología, la sintaxis y la praxis y voilá , he aquí un nuevo idioma, para
que los duendecitos hablen. En eso la resuelvo: en que no hay nada nuevo bajo
el sol, y que en todo caso, ni por más dólares y óscares que se pongan en
juego, van a convencernos de que se trata todo eso de ninguna genialidad ni
muchísimo menos.
Ha sido un gusto, don Marcos, y si no me extendí más, es pues porque he
tenido poco tiempo. Sin embargo, para no defraudarlo, me gustaría irme cantando
algo del estilo... “The
falling leaves drift by the window, the autumn leaves of red and gold, I see
your lips, the summer kisses, the sun-burned hands I used to hold...”
© Marcos Cogan
© Nicolás A. Valdés Mavrakis
Para desequilibros.com