Entrevista a Nicolás A.Valdés Mavrakis

Por Marcos Cogan

 

Estimado Sr Valdés Mavrakis:

 

Es probable que mis preguntas –sea formal o conceptualmente- le causen una cierta sorpresa, o le parezcan querer mostrar esto o aquello, por eso me apresuro a asegurarle que no es ésa mi intención, sino otra, otras, que no enumeraré para no aburrirlo. En todo caso, tenga en cuenta que sus textos son todo cuanto tengo de usted y que unos textos, tomados como retrato, no pueden no ser causa de un cierto nivel de erroneidad implícita. Quiero decir que, tal y como le ocurriera a mi madre con Nat King Cole -al que se imaginaba rubio y alto, con cejas pobladas y marcadamente oscuras-, me puedo equivocar en un sentido o en otro, resultando usted mucho más negro de lo que me imagino o, viceversa banal, mucho más blanco, es decir: angelical. Por eso –y ahora Watson me mira con su habitual curiosidad en el semblante- voy y opero con lo que tengo, sin intentar partir, solo y pretencioso, de un retrato-robot intelectual que plantaría una sonrisa comprensiva que no deseo en el futuro de mis hijos.

Una aclaración necesaria: me gusta lo que escribe.

Ahora, contando con su benevolencia, espero su respuesta si tiene usted a bien.

Saludos cordiales.

Marcos Cogan

 

 

Una vez dicho esto, le pregunto:

Pregunta.- Uno de sus personajes afirma, durante un diálogo con un viejo amigo viejo (diálogo que sustenta en posición central el argumento de la historia), que la paranoia es una reminiscencia mental del instinto primitivo de supervivencia. ¿Suscribiría usted esta afirmación?

Respuesta.- Ante todo, y ya que todo esto es cierto pero a la vez es como un juego, yo voy a hacer como los chicos y jugar al indio convencido de que soy realmente un indio. La supersticiosa ética del escritor, digamos. Voy a jugar a que soy un escritor, (o Nat King Cole o Andrea Bocelli), y que me hacen un reportaje. Vamos a suspender un rato nuestra credulidad. Yo, en especial, voy a dejar la mía en el perchero, y a contestar como si realmente pudiese hacerlo. Así es más divertido, ¿o no? Como dijo un ex presidiario irlandés, “dadle a un hombre una máscara y será él mismo”.

* * *

Sobre la pregunta de la paranoia: desde ya, no lo sé. Tampoco creo que en materia de literatura uno tenga que atenerse a la realidad de los hechos, pero bien, así como está redactada la definición, suena tan creíble y hasta empírica que a mí al menos me gustaría creerlo. Paranoia, intuición, perspicacia... Probablemente haya un poco de todo. Según el psicoanálisis, dentro de cada uno de nosotros habita un monstruito que se llama Inconsciente, que nos domina y controla a voluntad, y que incluso hasta se nos puede escapar por la boca en medio de una cena, en un lapsus, y hacernos decir cosas horrendas, tales como nuestro verdadero parecer sobre la nueva novia de un amigo, o el aspecto y peinado de una prima amable. Esto demuestra que la mentira no es un pecado sino el bastión elemental de cualquier sociedad civilizada.

Pues bien, dicho así a lo bestia, según el psicoanálisis hay en nuestra mente elementos que ni siquiera nosotros podemos controlar. Mucha gente deposita su fe en esta teoría del inconsciente, el yo, el súper yo, el ello, etc. ¿Por qué no, para variar, creer que por ejemplo la paranoia es aquello que dice el Dr. Rivarola?

Alguna vez quise ser médico psiquiatra, lo acepto, pero jamás fui paranoico. Neurótico sí, pero desconozco la razón profunda oculta en el origen de esta... ¿condición?

Sin embargo, tanto sea la paranoia una reminiscencia del instinto de supervivencia, o el asesinato no sea sino el instinto primigenio de cazar para vivir, creo que la idea del cuento es, en parte, que uno a veces no puede elegir qué es lo que puede o quiere ser. Acérqueme ahora el diván, mi amigo. Estas personas nacen predestinadas, llevan en su propia sangre, codificado en el adn, todo su destino. No son libres. Más tarde o más temprano, cada uno va descubriendo qué es, y por esas tragedias de la vida, parece que querer cumplir su verdadera ¿voluntad? ¿vocación? ¿fatal destino? casi siempre conlleva muchos riesgos. El Dr. Plaja, Rivarola, el historiador, todos, en definitiva, son víctimas de eventos y conductas que no pueden controlar. Claro que entre el historiador y Rivarola hay ciertas diferencias; por ejemplo, aquello que para el segundo es una fatalidad atroz, para el primero es en cambio la coronación de toda una cansada vida: descubre al menos, antes de morir, que aquello que sentía como “vocación” era su único destino posible. Eso debe ser satisfactorio, me imagino. ¿Existe la vocación? ¿Somos libres? ¿Qué razones nos empujan a tomar las decisiones que tomamos? ¿Existe un destino invariable y obligatorio? ¿Somos realmente libres al elegir lo que creemos elegir libremente? En tal caso, ¿eso sería tranquilizador o aterrorizante? Yo al menos no sé cabalmente por qué hago lo que hago, no tengo vocaciones seguras o no las he descubierto; ni siquiera sé si soy un frustrado. Tampoco creo, pues, en las tranquilidades ajenas sobre el mismo tema. Yo le temo demasiado a esas intranquilidades y dudas, que son como una comezón profunda del Ser, cuya rascada puede precipitarnos hacia la Nada. Oh, lástima: llegamos al final de la sesión por hoy, y veo que no hay más ron.

 

 

Pregunta.- ¿Es usted consciente del hecho previsible de que sus conocimientos, la información que posee y nutre sus escritos, sirvan para reducir drásticamente el número de sus lectores contemporáneos y hasta el de sus amigos?

Respuesta.- No sé bien de qué conocimientos se trate. En los relatos no hay nada de eso, salvo algún chiste con Niezstche, o la mención de la piedra Rosetta, R. L. Stevenson, o alguna que otra cita de algún libro. Nada que supere a un intelecto medianamente formado, tanto sea por la escuela secundaria, la universidad, o el cine de Woody Allen. Al margen de las limitaciones de cada uno, yo no encuentro ninguna “erudición infranqueable” en ninguno de los textos. En realidad mucho de lo que parece “conocimiento” es puro invento, también. La idea no es apabullar con ninguna jactancia que cualquier Laruosse Ilustrado no pueda dilucidar en dos segundos. Aún así, si realmente hubiese tanta información y “conocimientos” como pueda parecer, no me parecería mal; ante aquello que uno desconoce siempre hay varias actitudes probables: o pasarlo de largo, sumido en el supino desinterés del ignorante, o padecer un mínimo atisbo de estímulo por averiguar de qué se trata, o, mejor todavía, tratar de descubrir si realmente aquello que alguien dice que es un “conocimiento” lo es.

A lo sumo en los artículos de “Crítica” surja alguna que otra mención a autores, libros, o demás bártulos bibliotecarios que, en realidad, no tienen sino la función de disimular opiniones y prejuicios propios con un discurso pretendidamente sólido y hasta académico, incluso tremendamente pedante como el de Tolkkien, o aquel del cuento de E. A. Poe.

Se trata de mentir. Mentir bien. Conoci-miento. Mentir con convencimiento, algo que desde la Retórica de Aristóteles, pasando por La decadencia de la mentira de Oscar Wilde, y hasta por George Constanza – fíjese que nosotros los intelectuales nos rebajamos a veces a eso, una concesión para los simples mortales –, ha sido analizado y ponderado. Estoy trabajando, ahora que lo menciona, en un texto sobre la falsa erudición como puerta a conocimientos imaginarios, un textito que se llamará “Un cacho de cultura ad hoc”, y que retoma aquello de que nada que merezca la pena saberse puede enseñarse.

 

Pues bien, no creo que “mis contemporáneos” no puedan leerme (excepto por razones de buen gusto o difusión), o que mis amigos vayan a alejarse de mí. Todo lo contrario. Ya lo han hecho antes de que yo abriera la boca. En definitiva a uno le gusta leer, y siempre se aprende algo leyendo. Uno se pasa la vida estudiando, y sigue aprendiendo. ¿Por qué no ponerle guirnaldas al tumulto de “información” y entremezclarlo entre mentiras?  Le pido perdón si por mi culpa se desveló toda una noche en bibliotecas, o ante inmensas enciclopedias, buscando qué es la Saga de Njal o la historia de las kennigar.

Hemos perdido esa costumbre de la libertad y la inteligencia que es leer y eso ha disminuido nuestra capacidad intelectual: se entiende menos, se entiende mal, hay menos interpretación y se perdió espíritu crítico, que hoy se confunde con protesta y grito. Basta escuchar el lenguaje coloquial de los argentinos, pauperizado hasta límites insólitos.

Caramba, uno no se pasa haciendo papelones con lo que ignora, así que por qué renegar de lo que sabe. Además, como dicen, el saber no ocupa lugar...

 

 

Pregunta.-  Aunque pueda parecerle una tontería, me gustaría que me comentara usted su texto “La Que Te Dije”.

Respuesta.- Las ilusiones, entretelones, hipocresías y fatalidades de una familia tipo porteña fueron en su momento tema de cierta novela de Jorge Asís.  Bueno, yo leí la (excelente) obra de este escritor y por una cuestión de tiempo libre, admiración y jocosidad, intenté “imitar” – el plagio es una forma elevada del homenaje – algunos de sus procedimientos. El de un narrador omnisciente y a la vez protagonista es uno de ellos.

“La Que Te Dije” y “La Que Te Dije (bis)” son dos partes o capítulos anexos y consecutivos, pero no necesariamente yuxtapuestos, de una pequeña novelita satírica y picaresca que temo – por mí - jamás terminar. No porque sea tan genial e inabarcable que no pueda dar a término con ella, sino porque soy un tipo lo que se dice perezoso. Tal vez por eso si uno lee con cuidado (algo no recomendable) se encuentra con nombres que no dicen nada, como el Doctor, Joaquín, el Padre Fundador, o el mismo narrador. Sin embargo creo que la idea central de lo narrado no se pierde. ¿Qué más decir...?

El argumento de la novelita es otro, más completo; mire, yo no lo voy a revelar todo ahora, no sea cosa que me roben un argumento originalísimo, donde se entremezcla una sátira de la vida social porteña, con algunas de sus faunas, y el humor picaresco del buscón neoliberal, y una red de mentiras absurdas, y un asesinato inútil que, unidos y reunidos a lo largo del tiempo, retratan la vida y obra de una familia de inmigrantes que yo no conozco, desde su mismísima gesta hasta la destrucción final, en manos de un protagonista-narrador omnisciente que, por interés propio, cuándo no, delata a todos. Una minúscula “comedia humana”, pero sin pretensiones. “El Padre Fundador” es otro de esos capitulitos perdidos. (Un “insert”)

Es una sátira – decía -, cínica, irónica, mordaz y pretendidamente inmoral, donde a ningún personaje le interesa otra cosa que sí mismo. Tal es el caso de esta mujer patética con “un principio de liberación exasperante en la cabeza”, casada con un homúnculo absurdo “que aún siendo soltero portaba el inconfundible rostro del cornudo”. Esta mujer, pues, busca en una amiga y en su psicoanalista el coraje ridículo que nunca tuvo en nada, para intentar, por  una vez en su vida, sentir que es “ella misma”. Para colmo a través de la traición. Y, desde ya, fracasa. Pero no fracasa por razones aleccionadoras, sino por su mismísima inutilidad para todo.

Inútil hasta para fracasar por razones rescatables, pobre, La Que Te Dije.

Yo no voy a decir que todo lo allí relatado sea verídico, pero que conste que sé que eso, así de ridículo como pueda parecer, pasa. (A ver si alguien que conozco lee eso y se cree que de repente y sin razón le deschavé toda su intimidad real a través de un intento de literatura...)

Hay un grado de patetismo que cruza la frontera del absurdo (sin dejar de ser real) y que sólo puede ser asimilado desde el dramatismo más misérrimo o desde el humor más cruel.

La finalidad de este relato es divertir mediante una escritura muy distinta a, por ejemplo, “A Alicia”. Las dos o tres personas que lo leyeron dicen haberse enganchado, y  hasta le encontraron su gracia. Es una escritura más semejante a la oralidad, más llevadera y rápida. Tal vez complique un poco el vocabulario, porque hay, creo, ciertas palabras o frases o incluso lugares mencionados cuyo significado real sólo puede ser repuesto dentro del limitado contexto porteño. Si me preguntaran, a mí me gusta más el “Manual de Domesticación de la Mujer” (y no me diga que un título así no produce ganas de saber de qué se trata).

 

 

Pregunta.- Una vez conocidos ese episodio de Orowitz y este pasaje de Amanecer:  Quien fuera que existe por aquí, reniega de su propia existencia no por odio a sí mismo sino por la única manera que ha encontrado el amor: la esperanza de otra posibilidad luego de la vida.”, después de esto, digo, no queda otra opción al preguntón que inquirir: ¿qué es para usted la filosofía? Le aclaro que la pregunta dista todo lo concebible de ser una broma.

Respuesta.- De los episodios de Orowitz preferiría desentenderme absolutamente porque son pésimos, salvo el primero de ellos, aquel de “la Dicha”, que es patrimonio sentimental personal, y aunque esté mal escrito, no deja de ser (ella) hermosa hasta la cursilería.

Usted me dirá con razón: pues hombre, en tal caso el resto tampoco vale nada. Ok, le concedo eso y más, pero coincidamos en que al momento de hacer la pira y echar el alcohol, es justo que caiga en especial sobre esos fragmentos.

“Amanecer” es algo que escribí por encargo, pues un día estábamos hablando sobre la depresión, y todos coincidimos en que el domingo es un día depresivo. Yo solamente transcribí lo que alguien – un peronista nato (y férreo doblegador de voluntades) - dijo que era para él el domingo, algo tan dantesco y deprimente que valía la pena intentar registrarlo. Por ende, pues, no hay nada que vincule una cosa con otra, un texto con otro, o una idea con otra. Se trata por un lado de un franco error, y por el otro, de la trascripción propia de pareceres ajenos. 

La impunidad para “publicar”, el caradurismo para hacerlo, y la falta de compromiso con lo escrito generan estos menjunjes. No hay una idea fija ni motivaciones pautadas, se trata del mero gusto de haberlo hecho, hedonismo mal entendido, si se quiere. (El único compromiso de este escritor es consigo mismo, y su único proyecto de crecimiento es la barba.) Entonces, pues, la filosofía para este mismo escritor es la historia de las inquietudes e interrogantes que mantuvieron pasmados a los sabios, desde los años de los presocráticos hasta hoy - pasando por todo lo que hubo en el medio, con mayor o menor éxito estético y literario -, intentando dilucidarlo todo.  Y así como hay cinco o seis metáforas elementales, con infinitas variaciones, también en filosofía parece haber cinco o seis ideas elementales, con infinitas variaciones, para todos los gustos. Estas palabras de Abelardo Castillo son atinadas: “He visto el objetivismo, el esoterismo a la Pauwels y Bergier, los tachos del  Instituto Di Tella, el estructuralismo, el pop, el fin de las ideologías, las obras abiertas, la modernidad. He sobrevivido a los fórceps, a la masacre de Ezeiza y a cuatro insurrecciones militares. Ya puedo sentarme en el umbral de mi casa, como quería Marechal, a ver pasar el cadáver de la última Estética”. Sustituyendo la masacre de Ezeiza por la década menemista y el delarruísmo, y restando una insurrección militar, estamos hechos.

 

 

Pregunta.- ¿Qué reconocería, si se detuviese a pensarlo, en “Nihilum”? ¿Una venganza de tipo filial? ¿Una intuición no-paranoica de las razones que para el silencio puede tener un Maestro? ¿Otra opción?

Respuesta.- No sé realmente qué hay ahí que pueda reconocerse, a mi entender, como venganza. El autor famoso al que se alude en el cuento solía contar, de verdad, que uno de los momentos de mayor gratificación en su vida había sido el día en que una persona lo detuvo por la calle y le agradeció haberle hecho conocer, a través no sé si de sus clases de literatura inglesa o qué, la obra de Robert L. Stevenson. En base a esa anécdota real, que consta en algún que otro libro de “Conversaciones con...”, se me ocurrió esa historia breve, que está escrita – además de con los errores e imperfecciones insalvables propias-, con la deliberada idea de transmitir una especie de estupefacción o “tartamudez”, pues lo que se dice se mezcla con lo que se piensa y esto con lo que se describe, y lo mismo pasa con los tiempos y los modos; es el nerviosismo y sorpresa de quien, a las apuradas, cuenta algo que lo tiene cautivo de su propia ansiedad hasta el final. Lo único que interrumpe la ansiedad del protagonista es aquella mujer que teje, y con el cual comparte alguna que otra inquietud. Lo curioso de la anécdota (real) es que alguien, que se supone un entendido, se haya acercado a uno de los más grandes escritores del siglo XX, en plena calle y de sorpresa, para decirle no que lo admiraba a él sino a otro, inglés, y del siglo pasado. Es un suceso raro. Podría computarse tan curiosa actitud al estado de conmoción por el encuentro mismo. Eso sí podría ser el causal de una venganza, llegado el caso, si uno se imagina que a ninguna “celebridad” debe gustarle que se le acerquen a opacarla mencionando a otras.

Por otro lado, suele sucederle a uno casi siempre, por más (medianamente) lúcido que fuere, o por más preparado que tenga aquello que fuera a decirle a alguien, que nos quedamos sin palabras y, para peor, irrumpimos con cualquier barrabasada digna del mejor “bestiario” antológico. Sé de un hombre enamorado que ante la mujer de sus sueños, cuando ésta por fin lo miraba con los más dulces ojos, bajo la luz de la luna, en verano, y con el silencio que antecede a las grandes confesiones o eventos, a solas y expectantes, preguntó cual animalejo: “¡¿Estás esperando algo?!”

 

Volviendo al cuento, el Maestro ante tal afirmación calla y otorga.  En aquel papel, de hecho, cabe todo aquello que esta persona pueda poner en él; sin embargo esto no lo satisface, y se deshace de todo. Podría decirse que rechaza el desafío de llenar con su propia pluma el papel en blanco, la base sólida y tangible, que el Maestro le ha dado. La verdad, no me creo capacitado para interpretar lo que yo mismo escribí; no sé quién termina burlándose de quién, ni quién articula una venganza – si hay – contra quién. En calidad de parricidio, no cabe duda de que el muerto, en todo caso, goza de perfecta salud.

 

 

Pregunta.- ¿Qué apuntaría como razón probable para que sus personajes –obviamente aquellos que conozco- sean mucho mayores que usted?

Respuesta.- La sencilla razón de que, desde que tengo memoria, me dicen que parezco más viejo. Complejo de anciano. No físicamente, aunque, fíjese, nací en 1982 y ya tengo varias canas. Soy una persona del siglo pasado. De chico era de esos pibes meditabundos que preferían sentarse en la mesa de los adultos para escucharlos hablar, antes que jugar a las escondidas (actividad más divertida durante la juventud). De más grande, jamás pude disfrutar de las actividades “recreativas” que solían hacer mis camaradas (usted sabe, la milonga y esas cosas), y aunque intenté probarlas, me aburrían. Esto es común en muchas personas, claro. En cuanto a la música, por ejemplo, soy fanático de los Beatles. Pues bien, quiero decir: tengo hábitos, costumbres, gustos y hasta ciertos comportamientos de alguien mayor. Comportamientos, desde ya, que distan mucho de los que verdaderamente hacen de alguien una persona madura, pero mire cómo será que en el colegio me llamaban “abuelo”. Esto es muy divertido, porque parece que realmente proyecto cierta sensación señorial de seriedad. De vez en cuando, al  hablar, suelto sin querer alguna que otra frase realmente anticuada. Además, también es cierto, a uno le inculcan tanto un personaje que, al final, termina por aceptarlo y representarlo. Uno es lo que es, lo que cree que es, y lo que el resto de las personas dice que es.

Groucho Marx confesó haber nacido demasiado joven; tal vez yo, al revés, nací un poco anciano. Como fuere, en cuanto a los personajes, tienen la edad que tienen por cuestiones de argumento; por ejemplo, volviendo al asunto del cuento “A Alicia” (que en realidad quise llamar “Carta a una señora ausente”), los asuntos que enfrentan estos personajes son mucho más cercanos a mi edad real que a la imaginaria de ellos; lo digo por el asunto de la vocación, las elecciones, etcétera, etcétera. Además tenía interés en intercalar algunas “reflexiones” sobre la vida que, en boca de una persona joven, serían absurdas. En “Nihilum”, “La Que Te Dije” y “Manual de Domesticación...” la razón es obvia, pues por una cuestión cronológica necesito de personajes que tengan la edad suficiente como para adecuarse a lo narrado.

 

 

Pregunta.- ¿Para qué diría que necesitan los humanos (sobre todo los que disponen de la suficiente energía como para navegar por la red y consumir lo que ofrece) a las gentes de letras y sus productos?

Respuesta.- Calculo con cierto pavor que debería tener una buena respuesta para eso, tratándose en mi caso, efectiva y literalmente (por el momento), de un hombre de Letras. De la facultad de tales menesteres, al menos.

A los hombres de letras no los necesitan los humanos, desde ya; los necesitan, sí y mucho, las grandes editoriales (para vender sus productos), los escritorzuelos con pretensiones y contactos (para llegar a las editoriales), los profesores de letras (que deberían cobrar un sueldo digno), los suplementos culturales de los diarios (de vez en cuando y no mucho), y los que quieran dedicarse a enseñar literatura a gente joven (educada mirando Mtv, más cerca de Beavis y Butt-Head que de Thomas Mann, Tolstoi o Flaubert).

Lo que sí necesitan los humanos es escritores y literatura, pues estos seres no ofrecen “productos” sino verdadero arte, y como tal, no se lo “consume” como si se tratara de enlatados. La versión psicologizante del asunto da a entender que, llegada la adultez, es poco decoroso el acto de jugar cual niño para sublimar la tensión psíquica y distenderse recreativamente, por lo que sólo le queda al adulto guardar los chiches y leerse, por ejemplo, “Los hermanos Karamazov”. Para Freud, toda creación artística, intelectual o estética, y todo lo que no fuere una cosa o la otra, corresponde a una desviación temporal de la libido, por lo que entendemos que llevarse a la cama un buen libro reemplaza, en parte, al acto feliz de llevarse a alguien más interesante al mismo sitio.

En lo personal, creo que los buenos escritores son personas que, a través de sus libros, nos dan siempre un panorama del mundo que nos enriquece infinitamente y sin el cual no puede decirse que realmente se haya vivido. Esto quiere decir que mucha gente que se jacta de su vitalidad, de su hiperactividad y de “vivir la vida”, solamente porque pisa fuerte el acelerador o salta alguna vez con paracaídas o viaja alrededor del mundo, muchas de esas personas, pues, en realidad son personas ignorantes que jamás ven más allá de sus propias narices. Eso rige además para las personas que han leído dos o tres libros y creen que en el mundo hay diez.

Claro que cuesta creer que de un acto en apariencia tan pasivo como el de la lectura puedan surgir tantos sentimientos gratos. Es cuestión de intentar. Tampoco estoy diciendo que leer sea lo único fructífero de la vida, desde ya que no; de nada sirve la irrealidad en sí misma si no puede vinculársela con la llamada realidad, esa instancia tan rígida e insuficiente de la vida que parece preocupar mucho a señores muy circunspectos e ignorantes, como los abogados, cuya imaginación está clínicamente muerta.

 

La literatura enriquece la vida propia y la embebe con infinidad de vidas ajenas. La literatura es una forma de la trascendencia. La finalidad del fenómeno literario, de la obra literaria en sí, su mérito, no será reposar en una única interpretación, sino en plantear múltiples interrogantes, diversas lecturas posibles, de manera tal que su mensaje -si existe- no se agote en uno solo sino que puedan extraérsele infinitas variantes. Tal vez ahí entren en juego los “hombres de letras”, pues siempre es bueno que alguien nos guíe, un poquito, ante lo nuevo, siempre y cuando sepa en qué momento dejarnos investigar por cuenta propia y, por qué no, perdernos.

A todo esto y un poco más puede ayudarnos el hecho de navegar la red, si tenemos una buena vela, viento a favor, y el mínimo de intuición y gusto.

 

 

Pregunta.- Volviendo atrás: “Pero hasta entonces - si es que algo hay luego de esta pesadilla en gris mayor - aun falta recorrer un larguísimo trecho de mañanas y tardes y noches como esta. Antes de llegar al presunto Infierno hemos de recorrer una segura pesadilla tan real como un tormento físico, como un tormento moral inexpugnable, que tomara la forma más infeliz de Buenos Aires.” A usted, que como todos los que estamos recorre el trecho, ¿qué lo mueve?

(El movimiento se demuestra andando... decía el General.)

Respuesta.- Las únicas energías cinéticas que existen en el mundo, por más que esto indigne a los físicos, son las ideas y el amor; y en general no son compatibles entre sí ni mucho menos. Las ideas, las aspiraciones, los proyectos, la esperanza. Usted sabe: esas cosas. Y el amor, claro; en todas sus formas: la familia, los amigos, y en especial el amor de una mujer, como Merce, capaz de hacerme ver y sentir que ningún paraíso hay sino en la tierra, junto a señorita tan hermosa como ella. No hay libro ni autor, por más genial que fuere, capaz de superar esa otra página compartida, íntima y personal, escrita de a dos.

 

 

Pregunta.- Una última pregunta: si le valen las razones borgeanas para seguir escribiendo, ¿por qué hace hincapié en la no-originalidad del lenguaje “inventado” por su estimado Don J.R.R. Tolkien? No es que me interese resaltar la contradicción, no lo ando cazando; pero sí me interesa saber qué, en usted, la resuelve.

Respuesta.- Nunca recibí tantos insultos y amenazas en mi vida como cuando en un foro de internet, de fanáticos de la trilogía de J. R. R. T., apareció ese textito. Yo creo que se trata de una historia ya contada, pero con nombres trastocados, un público con más inclinación hacia la baratija y las máscaras y disfraces antes que hacia lectura, apelmazados en base a toda una comparsa hollywoodense que les hace creer en no sé qué mérito o bondades inexistentes o infladas hasta la ridiculez.

J. R. R. T. era lingüista. Conocedor del danés, del islandés, del noruego, y de gran parte de las lenguas muertas anglosajonas, pues, no veo ninguna originalidad en “inventar” un lenguaje que no es sino un rejunte, un collage, de otras lenguas. Es como si cualquier latinista con nociones de portugués, español, catalán y provenzal, añadiera tres pizcas de vasco para salpimentar, echara todo a la generosa batidora de la morfología, la sintaxis y la praxis y voilá , he aquí un nuevo idioma, para que los duendecitos hablen. En eso la resuelvo: en que no hay nada nuevo bajo el sol, y que en todo caso, ni por más dólares y óscares que se pongan en juego, van a convencernos de que se trata todo eso de ninguna genialidad ni muchísimo menos.

 

 

Ha sido un gusto, don Marcos, y si no me extendí más, es pues porque he tenido poco tiempo. Sin embargo, para no defraudarlo, me gustaría irme cantando algo del estilo... “The falling leaves drift by the window, the autumn leaves of red and gold, I see your lips, the summer kisses, the sun-burned hands I used to hold...”

 

 

© Marcos Cogan

© Nicolás A. Valdés Mavrakis

Para desequilibros.com

 

 

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